sábado, 21 de septiembre de 2013

~qué diablos estoy escribiendo~

Es en estas pequeñas cumbres de vida en que uno obtiene un dolor de cabeza increíble y siente el respirar nauseabundo del mal vivir. Solo la música tiene algo de sentido e incluso así no lo tiene. El pulsante dolor de cabeza, cuya silueta tiene forma de isla, y cuyo motivo es tan impenetrable como el dolor, se adueña hasta parecer lo único absolutamente cierto. La cosa no va bien y cuando la cosa no va bien se escribe una carta, un carta comunicando que no querías eso que en primer lugar querías porque querer es la fuente de cualquier dolor experienciable, aunque el mejor tipo de dolor, pues el dolor que no puedes experienciar está más allá de las manos, tan lejos que hace que las manos parezcan patas. /¿Se puede ser feliz sabiendo que hay otro que sufren?/

Y luego, una vez acabado ese pensar, la reflexión en que tus pensamientos corren libremente y se empujan desde la cima de una colina, habrá pasado el dolor de cabeza y no se sentirán sus límites. Ese es el dolor de cabeza verdadero, es la realidad detrás del sueño de los primeros pulsos del desconsuelo. Y de allí el dilema  ¿dónde empieza? ¿dónde termina? y ¿por qué importa? Seguidamente, los pensamientos presentes, como un carta frustrada,son arrugados y tirados al tacho. El gran monstruo que es la realidad aparece con las cuatro mugrientas paredes de tu entorno, y entonces, es preferible pretender que sufres. 

En verdad, no quiero desgraciar a este cuadro con mi asquerosa escritura, vale más el lugar que representa el cuadro, el vecindario de Sunnyside.

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