sábado, 1 de febrero de 2014
Si nada es eterno, ciertamente el placer tampoco podrá serlo. Por tal, debería bastar su recuerdo para complacer la necesidad del individuo. El más inmediato ejemplo se puede dar quizás con comida. Si se tiene a fácil disposición una porción de alguna comida que resultó agradable en otros tiempos ¿por qué comerlo ahora? El placer de comerlo se irá y solo quedará el recuerdo. Comerlo significaría intentar llenar un balde enorme y sin base, y al mismo tiempo, en este caso, asumir consecuencias de más. A esto se podría replicar diciendo que lo que se desea es disfrutar el momento del placer, pero ¿qué presente se mantiene constante?, y si hubiera alguno seguramente generará ansia a la larga. Resulta contraproducente, por tanto, entregarse al placer mismo, como entidad que se desvanece en sí, antes que a su idea o recuerdo. No es con simples réplicas de otro presente con las que debería uno contentarse, la idea de ello debe bastar. El hombre que tiene a su disposición un par de placeres debería pensar: el placer que me generará este objeto, como los anteriores gozos, terminará solo en el recuerdo. Esto debe aplicarse a los placeres casuales, mas no a los transcendentales, y si hubiera un caso en que uno pudiera cederse a ellos de manera moderada sería o con los amigos o con los seres más estimados.
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