jueves, 30 de enero de 2014

     La opinión consensual de la belleza frecuentemente fuerza visiones de un rostro bello, en el caso del hombre, varonil y seguro; un cuerpo esbelto y de buena proporción y maneras que son o correctas o encantadoras, sin caer en lo excéntrico, claro está. El chico que observé no cumpliría con ninguna de las tres condiciones. Si se interrogara sobre su belleza a las tres primeras personas que pasaran por la calle, probablemente no verían lo que yo vi, solo notarían a un joven, que lejos de ser bendecido por el buen físico, tan solo fue eximido de padecer de fealdad. Sin embargo, qué temblores sentí en el clímax de la contemplación al verle caminar a unos cuantos metros de mí. 
     Estaba él, entre varios otros, insignificantes, jugando fútbol divirtiéndose en la persecución del balón a pasos salvajes y desmedidos. Un montón de tantos que el ojo conoce con poca distinción. De hecho, fue solo por observación deliberada que lo observé entre el gran tumulto, si era él solo uno de esos tantos, hubiera preferido no notarlo.
     El campo estaba recubierto por la luz del sol de tal manera que no había refugio en las sombras. En esas condiciones, todos resplandecían, y aún más en el juvenil juego de ostentación que era esa sesión de deporte, sin embargo con qué beldad se reflejaba en él a diferencia de otros. Su desordenado cabello negro, más oscuro que el habitual, era una melena armoniosa en la que se escondían sus pequeñas orejas a manera de sábanas amplias y frondosas, la misma armonía cumplía con las arqueadas cejas de la que él era su portador. Y sus piernas, en sus ligeros gestos, daban fe de un alma jubilosa. Podía notar en él, en su mirada helada y profundamente negra, la resignación de quien sabe lo que debe hacer, pero en lo que le concernía en esos momentos, solo estaba el juego.
      En defensa, extendía los brazos con regocijo dando medidos pasos hacia atrás, un tipo de baile que, a su manera de pensar, intimida al atacante y le asegura una posición estratégica. Cuando atacaba, no era quien anotaba, ni lo intentaba, ni parecía interesarle (es probable que solo estuviera jugando por compromiso), era quien en verdad no sabía qué hacer en esos momentos, pero su seguramente aguda intuición lograba compensar aquello. Corría y corría hasta el cansancio, y, cuando la posesión del balón estaba definitivamente fuera de su alcance recurría a quedarse parado observando el juego con paciencia. Ésos eran momentos en que su singular porte adquiría un aire de solemnidad. Se veía su forma, original y despistada, rodeada de sol, en un peculiar sentido de resplandor que se conformaba a ella. Allí, en territorio del campo que ha sido pisoteado por incontables chimpunes desarrollaba su juego, su fiel devoción a vivir en completo descuido, él, con toda la consonancia de su cuerpo, era quien, a mis ojos, hacía suyo el suelo. Ignoraba el aire que poseía, y demostraba en orgullo lo inasequible que podía resultar su ser incluso en shorts naranja y polos blancos cuello uve, como andaba él. Podía observar su postura, su extraña postura, que bien normal a simple vista, dejaba en evidencia la asimetría que generaban sus grandes caderas. Pero, a mis ojos, eran bultos de gloria, y  que muy probablemente eran la mofa de algunos. (¿Quién puede tomar a un hombre de grandes caderas en serio?) Y aún así andaba con sus maneras extrañas. Él caminaba como pato, dada la presencia de casi tanta panza como caderas, y lo haría aún en el calor de la zona de peligro. De vez en vez acomodaba su cabello, por comodidad y no vanidad. Ciertamente sus remates no eran exitosos -o siquiera amenazantes- , pero con qué afabilidad los trataba, sin la profesionalidad o la gran fuerza de un gran jugador, empero con la puntuación cómica de los ademanes de sus tobillos, y sus tantos otros gestos de gracia.
     Muy concentrado jugando para darse cuenta de que le observaba con dedicación, se sentó con agotamiento una vez acabado el juego (yo no jugué). Ni se le hubiera cruzado por la mente, yo espero. Aunque no fuera de gran importancia, pues probablemente solo fue mi reflejo lo que vi en él. Un compañero del salón comentó en broma que se parecía a mí. Si lo dijo por lo que ambos somos de grandes caderas, no lo sabría, pues no se sabe cuando se dicen cosas por decir y cuando no. Pero me hubiera gustado saber si es que él fuera o no alguien que participa activamente en ese tipo de encuentros o si solo lo hace de amistad. Se le veía muy original como para formar parte de ellos. Cualquier observador notaría que jugaba extraviado, de manera pasiva y solo fuera de instinto. 
     Que no se piense que fue una conexión especial, un ídolo de algún tipo o algo por el estilo. Él era -reitero- original en su manera de andar y su físico lo reforzaba, y eso, a mí parecer, es lo que hace la belleza. (Que sea conocido que para mí la belleza, estrictamente, no termina en lo físico.) El encuentro fue unilateral, como debió serlo, y, esperandzadamente, inaccesible. Después del encuentro sentí complacencia, e incluso me atrevo a decir que me quise un poco más o aprendí a hacerlo.  

     Además de eso, los días han pasado con alegría y he pensado extensamente acerca de temas que me conciernen tanto a mí como a todos. Debería aprender a admitirlo.  Hay muchas otras cosas sobre las cuales escribir, pero prefiero organizar mis ideas aún más antes de hacerlo.

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