viernes, 11 de octubre de 2013

Es muy, muy difícil decidir y no hacerlo de manera egoísta. Recientemente, en mis amigos solo noto cosas que no quiero ser, cosas hacia las que siento un inmediato asco. Sin embargo, esta repulsión, a pesar de ser reconocida, adquiere un masoquismo, pues siempre me encuentro entregándome hacia ellos, siendo succionado en ese vórtice de malas costumbres. Por actos del destino, siempre soy recordado de que no puedo odiar algo a menos que ese algo tenga al menos un poquito de yo. Y es cercano a lo imposible apuntar directamente a lo que realmente son esas cosas. No es como si tuvieran un patrón, y si lo tuvieran sería un patrón como el de un segundo piso inacabado con un montón de trabajadores encima de él en un barrio joven peruano: uno muy desigual, lleno de melancolía y riesgos que podrían desatarse en cualquier momento. Estoy convencido que todo tiene su patrón, y que los patrones sirven para darle algo de sentido al mundo. En todo patrón existe un único punto de vista en que todo debe caber y en que todo ciertamente debe caber. Mayormente siento un disgusto por las cosas que no tienen ni un estilo de patrón, los libros tienen patrones, la música tiene patrones, los filmes definitivamente tienen sus patrones, los problemas matemáticos tienen patrones muy interesantes, los números hacen mucho sentido, y muchas personas tienen patrones incrustados. Una cosa en la que me es imposible encontrar un patrón es mi cara. Mi cara no tiene patrón. No tiene ni una postura definitiva, es como una pizarra en blanco. Y es terrible, pero terriblemente inconsistente, puedo verme de una manera un día, y el siguiente me veo muy distinto, aunque mayormente no me suelo ver muy bien. Cosas como esas me hacen pensar que el rostro que portamos tiene mucha influencia en lo que pensamos, no solo de nosotros mismos, sino de todo nuestro entorno. No puedo decir que envidio a aquel que lleva un rostro bello, no me gustaría confiar en algo que puede bien no ser como lo hace la mayoría, el rostro entonces me obligaría a pensar ciertas cosas que ahora me parecerían tontas, y cumpliría con una especie de monarquía invisible. A pesar de todo, estoy seguro de que todo nuestros rostros tienen algún propósito. Muchos rostros, como el mío, tienen patrones muy extraños que no parecen calzar dentro de las limitaciones de alguna fácil clasificación. Prefiero pensar de esos rostros como se piensa de esa pieza del rompecabeza que es difícil situar. 

Es raro escribir sobre patrones cuando en verdad pensaba escribir sobre las decisiones y lo difícil que es exteriorizar aquello que está dentro de nosotros, o al menos dentro de mí. No me comporto de la manera que me gustaría y es complicado definir como me gustaría comportarme. De cualquier manera, estoy seguro de que no me gusto. Por mucho tiempo siempre he pensado de mí mismo como aquel que sigue pensando de la misma manera que un niño, ahora estoy convencido de que solo se trataba de una estupidez muy transparente.


La atracción hacia los perros es usualmente muy ingenua, pero considero que la mascota de Umberto D. es un héroe. 

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